Un mar amurallado
de turquesa,
el suelo rojiazul,
un pequeño jinete de plástico
jugando entre cuadrículas,
entre la mugre–
una reina
y una torre
bañada de luz espesa.
Escuálido,
bañado en sudor,
su coraza
de camiseta rayón
haciendo batalla al polvo,
desde su montura prieta,
al suelo
y al sol.
Y este le anuncia
un cielo entre las tejas,
mientras en la tienda venden
sol,
gaseosa
y espuelas
entre las rejas,
la extasía de lo dulce,
de la niebla púrpura.
Dos corcholatas exhalan,
en susurro sibilante,
el tirabuzón:
anúnciale, San Antonio,
patrón de las horas perdidas,
la hora redimida
entre campanas
y sueños
que aún no son.
Yace así nuestro jinete,
rodeado de turquesa,
flotando —haciendo manes—,
chorreado de certeza,
dormido entre sonrisa,
resignado a la derrota,
su panza llena de gaseosa,
de púrpura
y de hormigas,
el sol
y el polvo
se le olvidan,
¡qué plena
su alegría!
y junto a la reina,
víctima también de la hora tercia,
en un mar de cuadros
posa quieto al infinito,
en ese mapa suelo
geodésico,
sin tiempo,
todavía sin nombres,
todavía
sin ley eterna.
C. Alberto