El amor en Descartes y santo Tomás de Aquino

En su tratado Le phénomène erotique, Jean-Luc Marion empieza esbozando sobre el silencio actual de los filósofos sobre el amor. Según el autor, el amor ha sido abandonado por estos y en el transcurso hemos perdido las palabras y conceptos tanto para expresarlo como para pensarlo[1]. En su ponencia The only way to truth is by love, citando la ya famosa cita agustiniana «non intratur in veritatem nisi per caritartem», Marion esgrime de manera casi inmediata la influencia del pensamiento cartesiano en esta tesitura. Argumenta que los seres humanos no pensamos de manera acertada, metódica y neutra en la realidad cotidiana, como sostenía Descartes. Esto, según el autor, pertenece al ámbito de la teoría y del aula. En la vida práctica la realidad es completamente distinta y nunca «neutra» ya que siempre conlleva decisiones que nos afectarán positiva o adversamente, para mal o bien. El pensamiento cartesiano según Marion oscurece y abandona esta realidad debido a su noción de «conocimiento universal» que reduce la racionalidad a aquello que siempre acierta, a lo que se puede medir y sobre lo cual se puede ejercer un dominio que culmina en un ordenamiento de la realidad según tengamos necesidad utilitaria de ella. Esto, en su manera más palpable, termina en la producción de objetos cuya eficacia en la actualidad ha reducido la racionalidad a la «inteligibilidad de objetos materiales»[2] desembocando en la transformación y reducción de todo fenómeno humano a objeto material y en la separación que conlleva esta dualidad epistemológica. En este paradigma nuevo, el amor queda en el ámbito de lo oscuro, lo incierto y por lo tanto secundario.

La noción cartesiana

Para entender el desarrollo del pensamiento cartesiano, hay que hacer un pequeño bosquejo del contexto histórico en el que se encuentra su génesis. Primeramente, hay que tomar en cuenta el desmoronamiento cosmológico aristotélico que había perdurado cientos de años, debido a los grandes descubrimientos científico-astronómicos como también el descubrimiento del Nuevo Mundo. Se añade a esto la crisis epistemológica a partir de la Reforma del siglo XVI donde la iglesia católica pierde su hegemonía sobre la verdad, las guerras de religión y la diseminación de nuevas ideas debido a la revolución de la imprenta entre otros factores. En medio de esto, Descartes quiere resolver el problema: ¿Qué se puede saber con certeza absoluta? Su ya famosa conclusión «cogito ergo sum» coloca la primacía de su enfoque precisamente en el cogito, en el saber. Por lo tanto, no es sorprendente que en su búsqueda de certeza epistemológica elevará el conocimiento a lo más sublime de la dimensión humana cuando en la tradición escolástica y medieval, esta había sido el amor caritativo–el amor como virtud. Como argumenta Lázaro-Cantero «la perfección que anhela el sabio cartesiano está centrada en conocer perfectamente más que en amar perfectamente»[3]. Para Descartes, el hombre sabio es aquel que ha desarrollado un profundo conocimiento racional basado en la razón y la lógica, sabiendo discernir entre lo verdadero y lo falso. Para él, las pasiones, los sentidos y la imaginación son fuentes de engaño, y la mayoría de los hombres viven esclavizados al no saber juzgar ni gobernarse a sí mismos. El conocimiento, sobre todo de sí mismos, conducirá a que estos conozcan los bienes verdaderos que pertenecen al ámbito del cogito y que apuntan a lo Divino. El hombre va alcanzando su plenitud en cuanto asciende en este conocimiento certero usando su voluntad, que a cambio lo hace más libre dentro de sí mismo.

A primera vista, este enfoque parece inocuo en cuanto a sus repercusiones, pero pronto desvela que en cuanto a su relación con las demás personas, estas se vuelven secundarias y siempre referidas al sí mismo, al cogito. Si me doy a otro, es porque me plenifico siendo generoso y me encuentro con mi propia libertad dentro de la cúal acojo la de otros en mí también. Es esta generosidad que no solo me hará más feliz a mí por ejercitarla, sino que también tendrá consecuencias utilitarias para con los demás, sobre todo en la vida comunitaria. Para Descartes, el amor es una pasión que causa incertidumbre y que se manifiesta en su mayoría en la res extensa, y por lo tanto, nunca es un conocer, ya que este no puede ser certero y continuamente suele llevar a juicios y actos irracionales. Si la voluntad es aquella que va a domar las pasiones y conducir al hombre por la vía del conocimiento certero, tampoco se podrá entregar a otro totalmente. En resumen, para Descartes el amor es secundario, autorreferencial, incierto y en última instancia utilitario. Veamos ahora cómo contrasta esta visión con la de santo Tomás de Aquino y la tradición escolástica de la cual se ha querido alejar Descartes.

La noción tomista

Para santo Tomás el amor es primero metafísicamente axiomático, principio de acción sobre el cual se fundamentan otros actos. Prestando de Aristóteles sostiene que «amar es querer el bien para alguien»[4]. Sin embargo, la complejidad metafísica y de su desenvolvimiento dentro de la realidad espiritual-encarnada humana, da para un escudriño más profundo. En santo Tomás, el amor racional surge siempre en un alguien, en una persona cuya esencia es el ser un espíritu-encarnado. Sin embargo, lo sitúa primeramente en la dimensión corpórea-sensible de la persona, sosteniendo que en primera instancia, este es una respuesta corporal a un estímulo que llega desde afuera, a saber, una pasión.

El objeto apetecible, en efecto, mueve al apetito introduciéndose en cierto modo en su intención.[5]

Para santo Tomás este primer movimiento no es exclusivo a los seres humanos, sino que también es un movimiento compartido con los animales. Al definir la pasión como un «efecto del agente en el paciente» recalca de manera implícita que ese agente es natural y que ese efecto ocurre en el paciente en su apetito. De aquí se sigue algo de suma importancia añadiendo:

El apetito tiende a conseguir realmente el objeto apetecible, de manera que el término del movimiento esté allí donde estuvo el principio.[6]

Podríamos utilizar aquí el ejemplo de un león que ronda la pradera y que se cruza con una manada de gacelas. Utilizando la descripción citada anteriormente, podríamos decir que en ese momento se introduce de «cierto modo en su intención» el querer devorar una de ellas. Partiendo de esta intención, emprende carrera hasta cazarla extrayendo así su alimento. Santo Tomás diría que, en este caso, el león ha actuado de manera necesaria y conforme a su ser. La gacela se le ha presentado como apetecible y, por lo tanto, según su naturaleza de león, como algo bueno y cuyo término (a terrible suerte de la pobre gacela) ha sido allí donde estuvo al principio: el conseguir el objeto apetecible desde su alma hasta la acción finalizada de sustraer su alimento.

Podemos ver desde ya que hay varias dinámicas que están presentes en estos niveles inferiores de perfección y que son evidentes en aquellos niveles superiores donde se da el amor racional y que tiene capacidad de convertirse en virtud. Por ejemplo:

  1. El amor desencadena una serie de respuestas corpóreas
  2. Es un movimiento hacia algo, busca algo para sí y desea unirse a ello
  3. En conseguir o no lo que apetece, tendrá consecuencias distintas en el paciente
  4. Ese algo debe ser algo bueno conforme a la naturaleza del que lo apetece

Sin embargo, el ser humano está dotado con racionalidad y por ende libertad, y que de esta «primera inmutación» o «complacencia» ante aquello que apetece, no se sigue en un movimiento necesario sino más bien libre. Esto hace del amor dentro de nosotros algo mucho más complejo a nivel de nuestro propio grado de perfección en cuanto a otras criaturas. Santo Tomás sitúa el amor dentro del apetito concupiscible dentro del cual registramos ciertos bienes como naturales o connaturales y dentro del cual las pasiones no son ni buenas ni malas. Según el Doctor Angélico estas no son perturbaciones del alma como sostenían los estoicos, más bien son las unidades elementales que forjan el amor caritativo.

Contrastes

Quizá uno de los contrastes más marcados entre la visión tomista y la cartesiana se encuentra dentro de sus respectivas nociones sobre las pasiones. Como hemos recalcado antes, para Descartes estas en su mayoría son piedras de tropiezo que conducen al hombre fácilmente al error, a la ignorancia y a malos juicios que terminan esclavizándolo. Santo Tomás no es que sea ciego a este riesgo que suponen las pasiones si no se disciplinan, pero es mucho más optimista en cuanto a su lugar dentro del complejo marco de la realidad afectiva humana insistiendo que estas son neutras; es decir, ni buenas ni malas en sí. La visión tomista por ende es optimista y esperanzadora, mientras que la cartesiana es pesimista y escéptica. Podemos decir que el optimismo proviene de la visión que el amor en última instancia es la fuerza motivadora de todo y que proviene como don primero de Dios. Es Dios el que toma la iniciativa de amarnos primero. Mientras que en la visión cartesiana, es el esfuerzo del hombre caminando hacia arriba lo que marca la diferencia mientras este vaya dando pasos certeros decidiendo apaciguar las pasiones a fuerza de voluntad. Se ven aquí los primeros esbozos de una ética deontológica-kantiana. También vemos aquí la ruptura de la unidad de la persona como espíritu-encarnado, es decir, de su unidad como sustancia hilemórfica, y quedan en evidencia tanto el esfuerzo tomista por integrar las diferentes dimensiones humanas frente al poder separativo fomentado desde el pensamiento cartesiano que mueve al hombre hacia el aislamiento y al individualismo. En santo Tomás el amor es unitivo por naturaleza y causa dicha unión de dos maneras. Primero, nos une al bien de manera afectiva, conectándonos con las cosas en la realidad y a los elementos constituyentes de nuestro espiritu-encarnado. Segundo, nos motiva a una unión más profunda que nos lleva a realizar cada vez más el bien. Este movimiento se da por medio de la voluntad, que no es sino nuestro apetito racional que aprehende lo apetecible como algo bueno para nosotros según nuestra naturaleza. En cambio, en Descartes, la generosidad me une a mí mismo, me afirma en mi propio yo, haciendo que traiga al otro dentro de mí, sin salir yo a su encuentro. Es una naturaleza pensante frente a una naturaleza amante, por utilizar el término de Marion, y que según él, es aquello que habría de rescatar en la contemporaneidad.

La visión teleológica tomista

¿Hacia qué bienes estamos orientados y el porqué de ellos? Aquí es donde no se puede entender la visión tomista del amor sin entender su visión teleológica implícita. Cuando amo algo, se sigue que soy un tipo de ser que está adecuado hacia aquello a lo cual amo. Soy un ser racional que por naturaleza soy capaz de recibir amor, de asentir a ello libremente y de darlo consecuentemente. Es por medio de la racionalidad y por ende la voluntad también, que somos capaces de encausarlo junto a todas las otras pasiones para que estas florezcan como deben en plenitud. Es la razón la que pone límites y encausa lo que muchas veces parece un caudal de sentimientos y respuestas emocionales ante las diversos inputs sensibles de la realidad. Es la racionalidad «en acto» la que forja virtudes que ayudarán a hacer de las pasiones algo transformativo dentro de la persona. Es aquí donde santo Tomás hace una pequeña distinción entre el amor como pasión y el amor como virtud que designa como caridad. La caridad es aquella virtud que ha sido forjada por un continuo actuar y búsqueda del bien. Por lo tanto, es la virtud suprema y por ende principio de toda acción humana.

Conclusión

Lo que sobresale de la idea del amor en santo Tomás es que es un amor verdaderamente encarnado. No encontramos aquí una idea de amor etéreo o vago, sino, algo que encuentra su principio más fundamental en lo Divino sin dejar a lado su arraigo en nuestra corporalidad, hasta el punto de compartir ciertos rasgos e inclinaciones con los animales. Para santo Tomás, que la persona experimente el amor no solo en lo más hondo de su espíritu, sino también en su corporalidad, no le causa pesimismo. Para él, las pasiones son medios por los cuales el hombre se puede dar a sí mismo mediante el ejercicio de su libertad y en ella emprender la búsqueda del Bien último. Es un esquema donde por esa misma corporalidad no puede ser ajeno a otras personas. Es más, no podrá plenificarse sin la alteridad de la otra persona porque en su máxima expresión el amor es el quererle el bien a ese otro como otro. Esta visión es muy distante a la visión contemporánea del amor que se ha injertado desde la modernidad en la cosmovisión actual como lo sostiene Marion. La reducción de la identidad humana a una sustancia pensante la ha llevado a no solo desvincularse de sus otras facultades y dimensiones, sino de llevarla a un aislamiento existencial en cuanto a sus semejantes. Por ello, la sociedad actual se caracteriza por un agudo individualismo y solipsismo. Ya decía el teólogo y místico trapense Thomas Merton:

Nada podría ser más ajeno a la contemplación que el cogito ergo sum de Descartes: Pienso, luego existo. Esta es la declaración de un ser alienado, exiliado de su propia hondura espiritual, obligado a buscar algún consuelo en una prueba de su propia existencia basada en la observación de que piensa. Si su pensamiento es necesario como medio a través del cual llega al concepto de su existencia, entonces en realidad sólo se aleja más de su verdadero ser. Se está reduciendo a un concepto y haciendo imposible experimentar directa e inmediatamente el misterio de su propio ser.[7]

Esto es la caracterización de la sociedad actual, y habrá que hacer reparo de nuevo a aquello que hemos olvidado, a saber, nuestra naturaleza y hacia que está configurada. El resultado de no hacerlo o intentarlo está siendo desastroso.

BIBLIOGRAFÍA

Lázaro-Cantero, R. (2021), ‘¿Cogito pensante o amante? El yo y el otro en Descartes’, Universidad de Navarra, Pamplona, p.3

Marion, J.L. (2005), ‘El fenómeno erótico: Seis meditaciones’, trad. Matona, S., 1ª ed., El Cuenco de Plata, Buenos Aires, p.7

Marion, J. L. (2017), The only way to truth is by love — https://www.youtube.com/watch?v=zq1etjvIv4k&t=1309s 16:52 – Acceso 10 de abril 2024

Merton, T. (1953), ‘New Seeds of Contemplation’, New Directions, New York, p.8

Santo Tomás de Aquino, ‘Suma de teología II Parte I-II’, 2ª ed. (1993), Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid


[1] Marion, J.L. (2005), ‘El fenómeno erótico: Seis meditaciones’, trad. Mattoni, S., 1ª ed., El Cuenco de Plata, Buenos Aires, p.7

[2] Marion, J. L. (2017), The only way to truth is by love — https://www.youtube.com/watch?v=zq1etjvIv4k&t=1309s 16:52 – Accedido 10 de abril, 2024

[3] Lázaro-Cantero, R. (2021), ‘¿Cogito pensante o amante? El yo y el otro en Descartes’. UNAV, Pamplona

[4] Summa, I-II, Q26, Art.4

[5] Summa, I-II, Q26, Art.2

[6] Ibid.

[7] Merton, T. (1953), ‘New Seeds of Contemplation’, New Directions, New York, pg.8