España, la verde,
la azul y blanca,
la desconocida—
la de encumbres de piedra y de encina,
la de cuentos de alquimia
que escucho en tus cuencas,
en las llanuras surcadas por tus fieles,
a filo de hierro
y de olvido.
En tus canteras,
de recónditas conquistas,
de penas grabadas entre vísperas,
entre el canto aullado de algún coro
que te recuenta
y te pincela
con tintes de adobe y de tejados,
de nieves
y destierros.
Y en la fisura negra de tus venas:
un entierro,
y lágrimas
que deshielan tus hazañas.
Tú,
que de mares hiciste montañas,
que de odas exprimiste la gloria eterna—
de mí, crisol hiciste,
de mi anhelo, latifundio
de santos e iracundos fundidos:
un sol dorado
que nunca se pondrá.
C. Alberto