Hoy recibí tu último abrazo,
mientras parpadeaban,
moribundas,
las guirnaldas de vecinos lejanos,
y una manta gris se esparcía
sobre recovecos que vuelven a poblarse.
Pronto te irás,
y contigo marcharán
el consuelo de la hoguera
y los versos elípticos
que sueles engendrar.
Pronto descansará
el pulmón del anhelo frío;
el corazón de la vieja memoria
de amores escondidos,
desvanecidos
en el retoño de una nueva hoja
y en la labor de la abeja
que se adueñará de la mañana.
Y te perderás de nuevo
en alguna página aún por escribirse,
pero harás eco
en el grito de los niños
que juegan con las aguas
como ruletas en las plazas,
y en el aleteo de los pájaros
en las fuentes
que vierten
prismas y sueños de cobre.
Resonarás en algún monte
y surgirás de vez en cuando
en el ansia del alivio
de los sudores que sofocan el sueño
y hacen martirio los días.
Pronto,
la luz calcinará tu semblanza;
con ella su palidez,
y arderán los colores
que ya ondulan
sobre el pavimento
y se secará la tinta
que a tu diestra,
ha fluido siempre por tus venas,
exhalando el suspiro de los poetas;
y pasarán los días de crisol
que consumirán toda palabra,
dejando solo gestos mudos.
Pero harás eco
en algún ventrículo,
y en eclipse,
tu voz será creciente
y retumbará silente,
hasta hacer caer
la primera hoja senil.
C. Alberto